domingo, 19 de diciembre de 2010

El Renacimiento de Harlem (IV)

DEL NEW NEGRO A LA NÉGRITUDE

La búsqueda de la identidad

Como ya se dijo, en Harlem se congregaron afroamericanos procedentes de todas partes del país. Hasta ese momento, como reconocía Alain Locke, ser negro en Estados Unidos había sido más un sentimiento que una experiencia, y en Harlem esa experiencia germina y es compartida, creando una conciencia común. Así:

The younger generation is vibrant with a new psychology; the new spirit is awake in the masses, and under the very eyes of the professional observers is transforming what has been a perennial problem into the progressive phases of contemporary Negro life[1].

En efecto, las nuevas generaciones, al emigrar al norte, dejan atrás el pasado de esclavitud de las anteriores. Compartiendo experiencias comienzan a tomar conciencia de sí mismos, de su raza, una raza que no es inferior ni necesita la ayuda condescendiente del blanco, por bien intencionada que ésta sea. En definitiva, las nuevas generaciones están formando una nueva mentalidad que los artistas del New Negro se encargan de promover. En esta generación la raza es un motivo de orgullo, el negro quiere ser reconocido por lo que es, incluidos sus defectos, ya no siente que tiene una deuda para con la sociedad blanca que lo acoge, sino que siente las mismas responsabilidades sociales que cualquier otro ciudadano. Todo ello aparece reflejado en la producción artística del Renacimiento de Harlem, como muestra el poema “Consider me” de Hughes, en el cual el autor une el hecho de ser negro al de llevar la vida que cualquier otro joven estadounidense podría describir:

Consider me,

Considérenme,

Colored boy,

Un chico moreno,

Downtown at eight,

A las ocho en el centro,

Sometimes working late,

A veces trabajando hasta tarde,

Overtime pay

Cobrando sobretiempo

To sport away,

Para divertirme,

Or save,

O ahorrar,

Or give my Sugar

O darle a mi Azuquitar

For the things

Para las cosas

She needs.

Que necesita. […]

Forgive me

Perdónenme

What I lack,

Por lo que no tengo,

Black,

Negro,

Caught in a crack

Atrapado en una grieta

That splits the world in two

Que divide al mundo en dos

From China by way of Alabama

Desde la China atravesando Alabama

To Lenox Avenue,

Hasta la avenida Lenox,

Lenox Avenue.

Ah Avenida Lenox.

Este recién adquirido orgullo racial aparece además acompañado por la mirada hacia el pasado africano. Los autores del Renacimiento de Harlem enfatizan que el arte de sus antepasados ha influido en la Vanguardia contemporánea en autores tan importantes como Matisse o Picasso y eso contribuye a reafirmar la fe en la propia raza. Ellos mismos recurrirán con frecuencia al arte de sus antepasados para crear sus obras, como se verá más adelante.

En cuando al tema que nos ocupa (la identidad racial que se perfila en estos años) hallamos ya en el artículo de Locke “Enter the New Negro” el primer apoyo rotundo a la teoría defendida en este trabajo: el éxito del movimiento literario del Renacimiento de Harlem en la medida que influye en el posterior movimiento de la Negritud. Como afirma Locke, los artistas del New Negro tienen la conciencia de, por una lado, se la avanzadilla para las gentes oprimidas en África, y, por otro lado, de tener la responsabilidad de hacer que el mundo aprecie a la raza negra, tras la pérdida de prestigio que ésta ha sufrido provocada por la esclavitud a la que ha sido sometida durante siglos. Así, aunque en términos menos utópicos y radicales que los de Garvey, la filosofía del New Negro proclama el pan-africanismo, ya que persigue no sólo el reconocimiento social de los negros americanos, sino también el reconocimiento mundial de esta raza y su liberación en el continente africano, donde, en los años veinte, pervivía el colonialismo europeo.

Más de veinte años después de estas ideas proclamadas por Locke, a finales de los años cuarenta, aparece el movimiento de la Negritud africano. Tras la Segunda Guerra Mundial las potencias europeas liberan a las colonias poco a poco, y es el turno de los autores africanos de hacerse oír. En París, en torno a la revista L´Etudiant Noir se unen autores como Léon Damas, de Guyana, Aimé Césaire, de Martinica y Léopold Senghor, de Senegal. Esta vez los negros africanos y de diversas zonas del sur de América unen sus voces en el movimiento de la Negritud, un movimiento que se deja sentir claramente en Europa y ante el cual ya no se pueden hacer oídos sordos. Así, los grandes pensadores del momento toman posiciones con respecto a esta nueva corriente literaria. Mª José Vega recoge en Imperios de papel, las consideraciones que para el pensador francés Jean Paul Sastre merecía la literatura de la negritud, la cual definía como una recuperación de la identidad, una liberación y recuperación de la voz, un proceso de reconstrucción de la imagen del negro, una imagen orgullosa frente al prejuicio europeo. La negritud es una revalorización de la raza negra, una toma de conciencia y una lucha contra la errónea concepción europea[2]. En definitiva, las características que ya había iniciado el Renacimiento de Harlem.

Los autores de la Negritud tienen, por su parte, plena conciencia de estar continuando la labor iniciada casi treinta años antes por los autores del New Negro, así, Léopold Senghor, uno de los fundadores del movimiento, poeta, ensayista y político afirmaba lo siguiente:

Negritude is nothing more or less than what some English-speaking Africans have called the African personality. It is no different from the ‘black personality’ discovered and proclaimed by the American New Negro movement. As the American Negro poet, Langston Hughes wrote after the First World War: ‘we, the creators of the new generation, want to give expression to our black personality without shame or fear[3].’

Así, tanto el Renacimiento de Harlem como la Negritud desafiaron la concepción occidental y proclamaron la valía de la raza negra, su igualdad con respecto al hombre blanco. Del mismo modo, ese pan-africanismo que ya esbozaban los pensadores del New Negro alcanza su plenitud cuando el continente africano comienza a ser liberado del colonialismo europeo. De este modo, Senghor definía la negritud como “la suma de los valores culturales del mundo negro[4]”, y Franz Fanon, un pensador neomarxista que estudió la colonización desde el punto de vista psicológico a través de distintos trabajos científicos, planteaba la necesidad de los negros de Estados Unidos y América Central o del Sur de sumarse a una matriz común, pues que el problema que todos compartían era el mismo: todos los negros habían recibido el mismo trato vejatorio porque los blancos siempre habían puesto a todos los negros en el mismo saco[5].



[1] Alain Locke, “Enter the New Negro”, en Survey Graphic, op. cit.

[2] Cfr. M. J. Vega, Imperios de papel, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 42, 43, 44.

[3] L. Senghor, “Negritude: A Humanism of the Twentieth Century”, en P. Williams y L. Chrisman, Colonial Discourse… op. cit. p. 27.

[4] Ibid. P. 28

[5] F. Fanon, “On National Culture”, en P. Williams y L. Chrisman, Colonial Discourse and Post-Colonial Theory, Hertfordshire (Reino Unido), Harvester Wheatsheaf, 1993, p. 39.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Mi mejor y único poema

Ayer, en la cena, Nadia, Agus y yo estuvimos comentándoos a algunos cómo nos había ido haciendo las encuestas para nuestro trabajo de Corrientes estéticas. El trabajo consiste en hacer una encuesta a 15 alumnos de Filología y 15 de Arquitectura y comparar, para ver la concepción de la literatura que tienen unos y otros, y si es muy diferente... No cuento detalles, o le quitaré la emoción al día 11 de febrero... :)
Una de las preguntas consistía en dejar al entrevistado un folio con dos textos y pedirle que dijera cuál de ellos es literario y cuál no. El primer texto es un fragmento de la obra Bajarse al moro, de José Luis Alonso de Santos, que utiliza un lenguaje cotidiano, con vulgarismos y giros coloquiales, el segundo fragmento, es éste, mi mejor y único poema:
Cuando hacía buen tiempo...
Los destellos irisados de la esfera plateada sobre su cabeza
titilaban en la oscuridad como una lluvia de monedas...
Los detalles carecen de importancia.
En la habitación no faltaba nada,
tarde o temprano tendría que obligarse a subir
y mirar el cuarto.
También se fue, y otros le siguieron.
Justo a tiempo, la tormenta de nieve.
Volví a irme enseguida...
¿No sería más prudente que esperaras a ver ese nuevo mundo?
No está nada mal, tenéis que reconocerlo. Yo me siento muy orgullosa de mi pequeña obra, sobre todo teniendo en cuenta que la hice en unos...7 minutos, lo que tardé en abrir 10 o 12 libros al azar, por la priméra página que salió y copiar al ordenador la primera frase que leía. Luego cambié un par de frases de sitio y... el 100% de los encuestados afirmó rotundamente que se trataba de una obra literaria.
Y ahora en serio, ¿qué os parece? ¿No es un poco triste que 15 filólogos hayan llamado literatura a eso de ahí arriba? Creo que yo misma habría dicho lo mismo, que sí, que es literario. ¿Será que no hay forma de distinguir, y todas esas cosas que estudiamos no sirven para nada? Un crítico literario... ¿detectaría el fraude?
Ahí dejo las preguntas... yo de momento voy a empezar a hacer llamadas para que me reserven un sitio en el canon... por si aca :D

El Renacimiento de Harlem (III)

El Renacimiento de Harlem

En la Guerra civil estadounidense (1861-1865) se enfrentaron los abolicionistas del norte frente a los esclavistas del sur, resultando victoriosos los primeros, lo que dio lugar a la abolición de la esclavitud en el país. Todos los esclavos negros de las plantaciones sureñas fueron liberados y declarados ciudadanos estadounidenses con derecho a voto. Tras la guerra, y a pesar de la libertad recientemente adquirida, muchos afroamericanos comenzaron a emigrar hacia el norte del país, asentándose en las grandes ciudades, entre ellas Nueva York, donde el barrio de Harlem acogió a la mayor comunidad de afroamericanos del norte del país, y donde surgió, ya en los años veinte, el movimiento literario conocido como Harlem Renaissance, Black Literary Renaissance o New Negro Movement.

Como afirma George Hutchinson en The Harlem Renaissance in Black and White, no toda la literatura negra se escribió en Harlem ni estuvo directamente relacionada con él, pero lo que sí es evidente es que, sin Harlem, el movimiento hubiera sido muy diferente. Ya los propios participantes de esta corriente fueron conscientes del extraordinario valor del barrio neoyorkino como fragua para la ideología que dio lugar al movimiento:

Here in Manhattan is not merely the largest Negro community in the world, but the first concentration in history of so many diverse elements of Negro life. It has attracted the African, the West Indian, the Negro American; has brought together the Negro of the North and the Negro of the South; the man from the city and the man from the town and village; the peasant, the student, the business man, the professional man, artist, poet, musician, adventurer and worker, preacher and criminal, exploiter and social outcast. Each group has come with its own separate motives and for its own special ends, but their greatest experience has been the finding of one another. […] In Harlem, Negro life is seizing upon its first chances for group expression and self-determination[1].

Hay que tener en cuenta que desde de la guerra la política social que se practicaba en los Estados Unidos consistía en la separación tajante entre las dos razas mayoritarias. En este contexto surgió la figura de Marcus Garvey, un jamaicano que luchó por los derechos de los negros, a los que instaba a volver a África y crear un país independiente. Más allá de esta utopía, Garvey logró, durante la segunda década del siglo XX, mientras residía en Estados Unidos, que muchos afroamericanos se replantearan su situación.

Por otro lado, la mayor parte de la infraestructura de medios de comunicación estaba en Nueva York, lo que fue fundamental para la aparición de periódicos y revistas que apoyaran la causa, como es el caso de Survey Graphic, la revista que en 1925 propuso al teórico Alain Locke que editara un número sobre el Renacimiento de Harlem. Este número fue el embrión de The New Negro, una antología del movimiento que incluyó una serie de ensayos, y que se convertiría en una especie de manifiesto.

Además de todo esto, es necesario señalar que, en esta época, la elite social tradicional blanca de Nueva York estaba considerablemente debilitada, mucho más que la de otras ciudades del norte, lo que provocó que hubiera una mayor libertad y dinamismo en las relaciones entre razas. Por tanto, la concentración de la población negra de la más diversa procedencia, la aparición de revistas y periódicos que dieran voz a un sentir común y la flexibilidad que ofrecía la ciudad fueron factores determinantes para el surgir de este movimiento literario.

Junto al contexto sociohistórico arriba descrito hay que tener en cuenta el contexto literario del momento. Tras la Primera Guerra Mundial, la actitud de Occidente hacia el desarrollo de su propia civilización era de frustración y pérdida de fe, de descreimiento en unos valores que habían llevado a la sociedad capitalista tan avanzada a la guerra más cruenta, a una masacre que nadie hubiera podido imaginar. En el contexto de esta crisis de pensamiento, surgieron las diferentes Vanguardias históricas, que propugnaban la ruptura con los presupuestos estéticos anteriores y buscaban fundar unos nuevos valores que sirvieran para sacar a la civilización occidental del abismo en que se hallaba sumergida. Una de las vías de esta redención de occidente fue la búsqueda, en las culturas más primitivas, de esos nuevos principios morales y estéticos, de ahí que muchos vanguardistas europeos volvieran la mirada al continente africano o a las antiguas civilizaciones precolombinas de Latinoamérica.

Al igual que les ocurría a los vanguardistas latinoamericanos, los afroamericanos se sentían herederos de una cultura milenaria, la africana, que ofrecía una herencia cultural pura y ancestral que podía contribuir a sentar las bases de esa nueva civilización occidental. Por este motivo, la recuperación del pasado africano y la reivindicación del mismo será un aspecto fundamental de la literatura del New Negro. Sin embargo, y como cabe imaginar, la vanguardia afroamericana ocupó un lugar subordinado con respecto a la producción literaria de los blancos, por lo que, a las reivindicaciones por los derechos de los negros se unieron las que defendían una literatura independiente de los sistemas tradicionales blancos. Obviamente, no todos los escritores afroamericanos tenían la misma ideología ni escribieron en las mismas publicaciones, pero sí lograron crear toda una red de manifestaciones literarias propias, producidas por y para la población negra, que desafiaba abiertamente el status quo imperante.

Por último, no se debe perder de vista el hecho de que la literatura afroamericana de los años veinte se desarrolla en un periodo en el que los Estados Unidos estaban definiendo aún su identidad nacional. En este sentido, los afroamericanos se sintieron siempre parte de la nueva nación americana, a la que consideraban que tenían mucho que aportar, y reivindicaban su presencia en la sociedad.

Se ha intentado esbozar hasta ahora, muy brevemente, las coordenadas literarias, políticas, históricas y sociales en que se desarrolló el Renacimiento de Harlem para mostrar la compleja coyuntura en la que este movimiento surgió y las problemáticas raciales, culturales y nacionales a las que hubo de enfrentarse. Pese a todo, la mayoría de las valoraciones con respecto al Renacimiento del Harlem, incluidas las de muchos de sus propios promotores, han sido negativas, considerando que el movimiento como tal fue sólo un intento fallido de lograr lo que sólo se conseguiría años más tarde. Muchas de estas opiniones se basan en una acusación que sostiene que la producción de los autores del New Negro era financiada por una elite blanca temporalmente interesada en un movimiento que les resultaba exótico, pero que, tras el crack del 29 el interés de los blancos por el exotismo africano se vio desplazado por la crisis económica. Como es lógico, la crisis perjudicó el movimiento, pero lo hizo en la misma medida que afectó a todos los demás ámbitos de la vida en la época. Además, como demuestra George Hutchinson en su libro, el interés de muchos miembros de la clase dirigente blanca por las reivindicaciones de los afroamericanos perduró durante la década de los años treinta y más allá[2]. Además, e independientemente de esta cuestión (la cual al fin y al cabo atañe primordialmente a la situación económica) el Renacimiento de Harlem no sólo produjo gran variedad de literatura (tanto novela, como poesía, drama e incluso géneros propios como se verá más adelante), pintura, pensamiento filosófico y crítico de excelente calidad, sino que, además, y eso es precisamente lo que este trabajo pretende demostrar, el Renacimiento de Harlem posee un incalculable valor como antecedente de las posteriores literaturas poscoloniales del continente africano, en las que se dejarán ver sus influencias, lo que demuestra el triunfo de esta literatura.

El objetivo de este trabajo radica, pues, en la reivindicación de la importancia del movimiento literario conocido como Harlem Renaissance en tanto que precedente y modelo de las literaturas poscoloniales africanas de las últimas décadas del siglo XX. Para ello, se tendrá en cuenta la línea de pensamiento de Steven Tötösy en su artículo “Estudios postcoloniales: el “otro”, el sistema, y una perspectiva personal, o esto (también) es literatura comparada”, donde defiende la aplicación del estudio de las literaturas poscoloniales a las literaturas de las minorías étnicas. Así, proyectando sobre la literatura del Renacimiento de Harlem, concretamente sobre la poesía de Langston Hughes, los presupuestos de los que se sirve hoy día la crítica poscolonial, de la que este movimiento es, a su vez, antecedente, se pretende realizar un análisis comparativo de ambas corrientes literarias para mostrar su relación y el éxito de la literatura del Renacimiento de Harlem en la medida en que sus presupuestos son continuados algunos años después por la literatura de la Negritud.



[1] A. Locke, “Harlem”, en Survey Graphic, vol. VI, no. 6, Harlem: Mecca of the New Negro, marzo de 1925.

[2] Aunque es un apartado que no puede ser estudiado en este trabajo con más detenimiento, el tema de las publicaciones que sostuvieron el movimiento, así como de los medios de producción y consumo pueden consultarse en la monografía de George Hutchinson, The Harlem Renaissance in Black and White, en la segunda parte :The Transformation of Literary Institutions.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El Renacimiento de Harlem (II)

Las literaturas poscoloniales

El canon literario, como ya se ha dicho, ha sido el europeo. Desde el Renacimiento, las diferentes naciones que integran Europa se han definido en torno al poder político y económico, poder que desde el descubrimiento del continente americano en 1492, se ha asociado al dominio territorial. Así, los distintos países europeos se han enfrentado a lo largo de la historia por la posesión de un mayor número de territorios que explotar. Sin embargo, esos territorios no están vacíos, sino que habitan en ellos personas diferentes a los europeos, con su propia cultura y tradición.

Como explicaba el bissauguineano Amical Cabral, la dominación política y económica sólo puede mantenerse por medio de la represión permanente de la cultura del colonizado[1]. Y eso es precisamente lo que intentaron las potencias imperialistas. No obstante, pese a los esfuerzos del colonizador, siempre o casi siempre quedan vestigios de la cultura que con tanto empeño ha intentado hacer desaparecer y, paralelamente, con el paso del tiempo, surge una literatura que da cuenta de la situación que vive el colonizado. La literatura, junto con el resto de las artes, es la manifestación de una realidad, una sociedad, un sentir individual o colectivo, y se convierte en instrumento de lucha por la libertad de un pueblo oprimido. Por tanto, podemos entender por literatura colonial la “literatura afectada por el proceso imperial desde el momento de la colonización hasta nuestros días[2]”.

Aparece así un nuevo esquema que afecta a la literatura, ahora sí, universal. Ya no se trata de un gran autor que escribe una gran obra, ni de un género concreto que florece en una determinada época, sino de una literatura a la que algunos críticos como Steven Tötösy denominan central (la que equivaldría a la literatura europea occidental) frente a una literatura periférica o marginal. Y esto ocurre no por caprichos del destino, ni siquiera por caprichos de los autores, sino como respuesta a una realidad evidente: la literatura europea, por mucho que trate de erigirse como universal, no puede llegar a serlo, por la sencilla razón de que nunca podrá dar voz a una experiencia que no sólo le es totalmente ajena y desconocida sino que además es una experiencia diametralmente opuesta a la suya. Es la literatura del dominado frente a la del dominador, la literatura que busca su lugar frente a la que se ha impuesto como única literatura válida, la transgresión de una norma dada frente a esa norma, es, en definitiva y en un plano estrictamente humano, una sociedad (la occidental), que se cree en posesión de la verdad más absoluta e incuestionable frente a una sociedad que se erige, en su diferencia, igualmente válida. La literatura occidental no es universal porque no puede dar voz al sentimiento de Otredad que alberga la práctica poscolonial.

Como es lógico, las manifestaciones poscoloniales no atraviesan, en su surgimiento y desarrollo, un camino fácil. Como decía Cabral, la manera más eficaz de mantener y prolongar el dominio imperialista es negar la cultura del colonizado, al que se concibe como un bárbaro inferior por un europeo que, condescendientemente, afirma estar llevando la civilización y los valores (su civilización y sus valores) a un mundo que carecía de ellos. Al negar el europeo la cultura precedente, impone la suya propia, de modo que la dominación política y económica corre paralela a una dominación cultural: el canon occidental es impuesto en la colonia, y ello implica géneros, autores, obras, etc. La nueva literatura debe enfrentarse a toda una tradición poderosa en sí misma y en la medida en que se ha adueñado de la propia concepción de la literatura por los colonizados.

Junto a la tradición literaria, la lengua de la metrópolis también es exportada e impuesta en la colonia. Así, cuando el autor se propone escribir a favor de la independencia y la libertad y para rechazar todo lo impuesto, se encuentra con que, paradójicamente, está llevando a cabo su lucha con los instrumentos del colonizador.

Pero quizá el extremo de la dominación se alcanza cuando el colonizador niega incluso la humanidad del colonizado o, cuando menos, da por sentada su inferioridad. La idea de barbarismo, ignorancia, etc. cala profundamente en el conquistado, puesto que las nuevas generaciones ya crecen bajo la educación colonial. El escritor colonial tiene que luchar también y sobre todo contra esa concepción de sí mismo, y tiene que recuperar la identidad de su raza, equipararla a la raza dominadora, deshacerse de las concepciones impuestas, y eso no es, en ningún caso, tarea fácil.

Hasta ahora hemos descrito el desarrollo de una literatura poscolonial (no importa cual, puesto que hablamos de rasgos generales y comunes a todas ellas) como el intento de recuperación de una identidad pasada, que implica a su vez la reconstrucción de una historia humana propia y una civilización, y la transgresión de los criterios formales y estéticos de la metrópolis. Y sin embargo, todo ello debe conducir a alguna parte, debe defender un proyecto que, en el caso de las literaturas poscoloniales, alcanza de lleno el plano político, puesto que la ambición de los ciudadanos colonizados de un territorio es alcanzar su independencia como país.

En definitiva, la literatura poscolonial supone una rebelión contra el poder imperialista, una rebelión que alcanza todos los campos de la vida humana y que busca una independencia política y económica pero también cultural y moral. Las artes, y entre ellas la literatura, suponen ese correlato cultural y moral y son un pilar fundamental, como se verá a lo largo del trabajo, del cambio de ideología que debe producirse en una sociedad para lograr la independencia.

Está comúnmente admitido que el estudio crítico de la literatura poscolonial nació como tal con la publicación en 1978 de Orietalism, por Edward Said, un profesor de literatura comparada de nacionalidad palestina cuya labor profesional se ha desarrollado en algunas de las universidades más importantes de Estados Unidos. Con este libro, su autor ponía de manifiesto los falsos prejuicios que han dominado la mentalidad occidental con respecto a la cultura oriental, y de los que se ha servido Europa para justificar en cierta medida su actitud imperialista. Sin embargo, antes de Orientalism hubo movimientos precursores de estas reivindicaciones, entre ellos el Harlem Renaissance[3], una corriente que reclamó los derechos de la población negra estadounidense en las décadas de los años veinte y treinta, cuyo principal medio de protesta y reflexión ideológica fue la producción literaria y que influirá en gran medida en la configuración, posteriormente, de las literaturas poscoloniales, especialmente las del continente africano.



[1] Cfr. Amilcar Cabral, “National Liberation and Culture”, en P. Williams y L. Chrisman, Colonial Discourse and Post-Colonial Theory, Hertfordshire (Reino Unido), Harvester Wheatsheaf, 1993, p. 53.

[2] B. Ashcroft, G. Griffiths y H. Tiffin, “El imperio contraescribe: introducción a la teoría y la práctica del postcolonialismo”, en M.J. Vega y N. Carbonell, La literatura comparada: principios y métodos, Madrid (España), Gredos, 1998, p. 179.

[3] Cfr. M.J. Vega y N. Carbonell, La literatura comparada: principios y métodos, Madrid (España), Gredos, 1998, p. 139.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El Renacimiento de Harlem

INTRODUCCIÓN

Si ahora mismo fuéramos a la calle y preguntásemos a la primera persona que saliera a nuestro encuentro ¿qué es la literatura? probablemente su más o menos acertada definición iría acompañada de nombres como Cervantes o Shakespeare. Esto responde a la concepción de literatura con la que los occidentales nos hemos educado: la literatura son unas cuantas obras importantes escritas por una serie de autores de ingenio prodigioso. En efecto, los europeos y, en general, los occidentales, vivimos nuestra literatura casi exclusivamente en torno a un canon delimitado, una selección de las grandes obras de la literatura universal.

Sin embargo, si por unos segundos nos parásemos a pensar y cayéramos en la cuenta de existen Asia, África, Oceanía o Sudamérica, quizá tendríamos que replantearnos el hecho de que las grandes obras de la literatura universal sólo incluyan un repertorio escrito por autores europeos y, como mucho, norteamericanos. ¿Es que acaso no hay literatura en el resto del mundo? ¿Nadie ha escrito nunca un libro en Asia? Creo que nadie podría plantearse en serio la inexistencia de literatura en ningún sitio, simplemente, de alguna manera, nuestra mentalidad occidental concibe esa otra literatura como menor, de escasa importancia o, si se quiere, irrelevante para nuestras vidas.

En la actualidad es cada vez más evidente que las cosas no son tan sencillas. El canon occidental no sólo ha dejado de lado la literatura de dos tercios del planeta con la soberbia actitud de considerarse a sí misma más válida, más digna de recordar, más universal, sino que ha marginado también la literatura de grupos concretos dentro de una misma sociedad, como por ejemplo la literatura escrita por mujeres o la literatura de las minorías étnicas que, fruto de la inmigración, han entrado a formar parte de la realidad sociocultural de numerosos países occidentales.

Desde mi punto de vista, no es posible seguir manteniendo, hoy por hoy, esta actitud. Es hora de que el canon occidental reconozca la existencia de otra literatura, tan válida y universal como la occidental. No obstante, es obvio que este cambio, que es ante todo un cambio de mentalidad, no puede ocurrir de la noche a la mañana. Tampoco es posible reconocer que existe una literatura que no es la nuestra, pero no pararnos si quiera a contemplarla, a leerla sin prejuicios y con la voluntad de comprender algo que es diferente a lo que conocemos y entendemos por literatura.

Es precisamente aquí donde la Literatura Comparada desempeña un papel fundamental, puesto que esta disciplina cuenta con las herramientas necesarias y los fundamentos ideológicos adecuados para romper de una vez y para siempre con los presupuestos del canon occidental. La literatura comparada, que comenzó comparando las diferentes literaturas nacionales europeas, no se ha quedado ahí, sino que ha intentado, sobre todo en las últimas décadas, desvincularse de la concepción tradicional de literatura, no se trata ya únicamente de traspasar fronteras nacionales sino de ensanchar los horizontes culturales. El Otro (ya sea éste mujeres, minorías étnicas, literaturas posteriores a la colonización de una potencia europea), puede y debe ser tenido en cuenta. La literatura comparada, para lograr esto, pone en juego todas las coordenadas que organizan la vida humana: lo literario sólo se entiende en relación con lo social, lo político, lo económico, lo filosófico, y todo ello en un contexto histórico determinado.